El XXIII Seminario Fernando Buesa que organizan la Fundación de su nombre y el Instituto Valentín de Foronda recordará en esta ocasión el regreso del terror que se produjo en el año 2000. El cuarto de siglo transcurrido desde entonces permite, no solo el recuerdo de un tiempo tan fatídico, sino también la reflexión y la valoración de todo lo que ocurrió entonces.
La vuelta del terror, de la acción terrorista de ETA, vino a continuación del final de una tregua establecida por la banda para acompañar un proceso de acumulación de fuerzas nacionalistas. Una sociedad exhausta y harta de violencia recibió con expectativa una tregua que, sin embargo, se soportaba en una esperanza de paz a cambio de logros soberanistas, así como de una invisibilización de la ciudadanía no nacionalista vasca. El Acuerdo de Estella de las fuerzas nacionalistas y los compromisos de ETA con los partidos que sostenían el Gobierno Vasco fracturaron por completo la sociedad y nos pusieron cerca de esa comunidad dividida en dos bandos a la que siempre aspiró el nacionalismo más extremista.
En ese escenario, la violencia no cesó. Primero, durante la tregua, la continuidad de la kale borroka se dispuso como complemento recordatorio de que, en ausencia temporal de terrorismo, la coacción y la amenaza seguían presentes, y dirigidas contra quienes no se sometían al dictado del momento: paz por soberanismo. Después, rota esta, el terrorismo regresó y lo hizo insistiendo en la estrategia llamada de “socialización del sufrimiento” ensayada desde hacía un lustro: asesinatos selectivos de gran impacto, auténticos magnicidios como los de Fernando Buesa, López de Lacalle, Pedrosa, Jauregi, Korta, Ernest Lluch… y otros fallidos contra José Ramón Recalde o Eduardo Madina, entre otros muchos. Y todo esto, sin cesar en los ataques y asesinatos de representantes de esa parte de la sociedad que se pretendía invisibilizar y hacer callar: concejales, representantes políticos, magistrados, policías, periodistas, intelectuales…
Aquellos nefastos años que alumbró el nuevo siglo fueron de dolor y amenaza, de una impresión constante de desplome de las bases sobre las que se podía soportar una sociedad habitable, una comunidad compartida. Pero la capacidad de resistencia de aquella sociedad, de sus miembros más decididos, junto con una respuesta política, judicial y policial, hicieron también de ese temible instante el inicio del final, porque aquel fue, a la vez que el repunte de una extraordinaria violencia terrorista, el principio del final de ETA.
